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noviembre 26, 2014

Tres soledades

Yo sí. Cada vez me enamoro más de Montreal. La voy haciendo mía. La siento. La camino, la escucho, la observo desde mi silencio y desde mis ganas de ella. Su riqueza, diversidad y cultura son un bálsamo para los sedientos de mundo. Yo sí. Yo levanté las rejas de mi mente y aprendí cómo encontrarme con ella.

Rincones, espacios, lugares evidentes y escondidos en uno de los cuales quedé absorta y fascinada una noche más. Allí, en La petite marche de la rue St-Denis, se consolaron tres soledades. La poesía las hermanaba. Bonsoir tout le monde et merci d’être là. Welcome all of you to this event filled with poetry. Hoy compartiremos con los poetas Étienne Lalonde, Fernanda del Monte y Rae Taylor. Poesía en tres lenguas.

Mito que se rompe. Cuando llegué a Canadá escuché sobre la historia de las llamadas dos soledades: English vs. French. Separadas por prejuicios y barreras prepotentes. Y sumamos entonces otra más: Spanish. Una que viene anclada en las venas y el coraje de tantos inmigrantes que llegan urgidos por abrazar su nuevo cosmos, encontrar nuevos referentes, conformar su imaginario; que llegan fatigados de tanta polaridad.

Y aparece entonces el arte, la música y las letras, y demuestran gracias a su alma universal que el espacio es infinito cuando hay deseos de entrar en él, y que dejarse seducir por los versos de un poeta, no importa el idioma en el que los haya creado, es reconocer al otro y el valor de su existencia en nuestro todo.

Yo sí. Yo veo clara la convivencia de estas tres soledades…


julio 04, 2013

Montreal es siempre música

Música aquí, música más allá. Montreal es siempre buena música. Cuando se tiene el hábito de caminar sus calles o la necesidad de tomar su metro a diario, es impredecible el instante en el que un fondo musical nos saque de nuestros pensamientos o nuestras conversaciones, si viajamos acompañados, para enfilar oídos y apresurados pasos hacia ese talento que no cuenta con mejor escenario que una esquina del subterráneo con buena acústica, y un público ocasional, pero que a veces quisiera detenerse y recoger un poco de inspiración desde la primera fila.

Clubes nocturnos, cafés, restos (como se le dice por aquí a los restaurantes), festivales y hasta misas. En una oportunidad asistí a una misa ordinaria en el Oratoire Saint-Joseph y resulta que había concierto de órgano incluido con mezzosoprano y todo. Con respecto a los festivales, ahora mismo se está desarrollando el Festival International de Jazz, el más grande e importante que se celebra en el mundo. Y es que más allá de las tarimas formales, yo creo que aquí el talento abunda como moléculas y por eso las esquinas y la ciudad subterránea se llenan de él. Y siempre se regala música, buena música.

El 1ero. de julio veníamos Javier y yo de vuelta a casa, luego de haber pasado gran parte del día festejando el Canada Day en el Viejo Puerto, cuando notamos que en la entrada de una estación de metro próxima sonaba una banda que tenía retenidas a decenas de personas realmente extasiadas con sus versiones de grandes éxitos del pop/rock de los 60, 70 y 80. Quedamos atrapados allí como por media hora y ni lo notamos. En el interior de un estuche abierto de guitarra que estaba frente a los músicos se leía Flash-Back (su nombre artístico). Étoiles du Metro 2013 (Estrellas del  Metro 2013).

Cantidades de monedas y billetes fueron a dar al interior de aquel estuche desde donde seguro se parió ese sueño bohemio de cobrar notoriedad pública a través de sus acordes y compases. Al menos -pensaba yo mientras los escuchaba- despiertan energía vibrante en cada persona que se topa con ellos.

















La gente cerraba los ojos, como transportándose a la época y tarareaba los temas, cuando no acompañaban las melodías con un rítmico movimiento de sus pies o sus cabezas. Mi espíritu retro llegó a la cima. No tengo edad para haber vivido el furor de la música de los 60, 70 y 80, pero es gracias a mis padres que esa herencia me acompaña y me nutre. De pequeña en mi hogar siempre sonaba música, buena música.

En fin, más tarde la curiosidad me venció y busqué en internet sobre les Étoiles du Metro. Me gustó saber que es un programa que adelanta una organización sin fines de lucro, en asociación con la STM (Societé de Transport de Montréal), que agrupa y representa a ese talento rezagado, pero no por ello sin brillo, y los organiza en su necesidad de llevar su música a las calles para además ganar algo de dinero.

Hay toda una planificación de sus toques. También se cuenta con una selección de estaciones de metro que son propicias y dentro de las cuales existe un lugar específico y bien identificado en donde ellos pueden estar durante su presentación. La espontaneidad puede también tener orden en Montreal… interesante, ¿no?

Si este post pudiera tener una cortina musical sería Dust in the wind (Kansas, 1977).

¡Feliz verano para todos!


marzo 25, 2013

Primavera en alas de mariposa

Por aquí ya hay aires de cambio... ¡Ya era hora! Empieza a sentirse el movimiento final del invierno y en pocos días será notoria la llegada de la primavera. Montreal se viste de una gala florida para esta estación y luce sencillamente preciosa. Las bicicletas pululan y hasta ejecutivos van a sus trabajos en bici. Los paraguas e impermeables reaparecen porque el cielo nos envía lluvias ocasionales que refrescan las flores y avivan las áreas verdes que en verano llegarán a su esplendor. Se activa aún más la oferta cultural y repunta la vida en las calles de esta ciudad que sabe a jazz.

Esta imagen me vino a la mente hace no mucho cuando fui con Javier a un evento que se llamaba Papillons en liberté (Mariposas en libertad), en el siempre fabuloso Jardin Botanique. Pasamos una mañana atípica de invierno. Recorrimos, como antesala a las mariposas, una zona colmada con las orquídeas más espléndidas que había visto en mi vida (y miren que es irónico porque nací en un país donde la orquídea es la flor nacional), por supuesto mantenidas en un ambiente con temperatura controlada y hasta con cascadas, puentes, helechos y sonidos de aves (en contraste con los metros de nieve que nos esperaban afuera de ese oasis). Me sentí hasta nostálgica.

Luego pasamos al área des papillons. Aún más bello todo. Yo admiro la vocación de excelencia con la que esta sociedad hace muchos de sus eventos. Vi gente de todas las edades tratando de identificar las especies de mariposas con ayuda de una tabla ilustrada que ofrecían en la puerta, y fotógrafos embelesados (como mi esposo) y hasta tendidos en el piso (como mi esposo) para capturar a los escurridizos insectos (... que feo suena llamar insecto a una mariposa).

También era curioso ver a muchos niños y no tan niños quedarse inmóviles para propiciar que alguna le diera la alegría de posarse en ellos. Pero eso casi no sucedía. Y entonces iba yo caminando cuando súbitamente fui sorprendida por una mariposa marrón que se detuvo en mi pecho y al abrir sus alas por completo, miren cómo resultó ser…

Foto: Javier Picco






















Allí se quedó un buen rato. Algunas personas me rodearon y empezaron a tomar fotos. Al final, tuve que soplarla un poco, moverme, hasta que Javier la terminó por agarrar (aunque estaba prohibido) porque si no quizás aún estaría esperando que volara.

Esta simple anécdota, de mi atípico mañana invernal, me dio alegría. Luce como un evento azaroso pero yo le di un significado especial. De esos que sólo entiende el corazón, se quedan allí secretamente y sólo salen a través del brillo inexplicable de nuestra mirada. Al caer la tarde de ese sábado, seguí el impulso de enviarle a mi papá esta foto. Me dio ilusión que él la tuviera. Al cabo de unos minutos me respondió con un poema que había escapado de mi memoria -casualmente sobre una mariposa- tan suave, puro y risueño como quien lo declamaba en vida: Julia, mi abuela paterna. La recordé con una sonrisa en el alma y en los labios. Supe que ella también entendió el significado que le di a ese día y a aquel instante que ahora era más especial.

Fresca primavera de colores que ya te acercas, aquí te espero, abierta, ligera y plena como alas de mariposa.

febrero 03, 2013

Crónica de unos vientos anunciados

Sin poder respirar. El viento me enredó y atacó maliciosamente. Fue hace pocos días, cuando salí más temprano de lo normal para llegar a una cita que tenía en Laval, en las afueras de Montreal.

Esa mañana, como siempre, me asomé por la ventana y luego revisé desde la aplicación de mi teléfono el pronóstico del tiempo antes de decidir qué chaqueta de invierno sacar del clóset y cuáles botas calzar. Fue agradable leer: 9 °C con sensación de 5; en letras muy pequeñas decía: windy. La emoción me hizo olvidar el resto de los indicadores y me dije: “Excelente. Nada de extremos hoy”. Ingenua conclusión la mía. O como dice una amiga, “la incultura es atrevida”. Me dispuse entonces a ponerme mi manteau consentido, que es el que me protege de -10 hasta 10, y no me coloqué el sweater polar debajo. Total, teníamos un tropical clima de ¡sólo 5 grados!

Salí a la calle, sentí el golpe del viento helado y encogí el cuello (como los morrocoyes), pero continué mi camino porque tenía el tiempo algo justo y debía llegar con puntualidad, valor muy apreciado en esta sociedad. Caminé tres cuadras a toda prisa hasta la estación de metro, lamentándome a cada paso de que esos 5 grados en realidad parecían -20, y no me había vestido adecuadamente. Pasados unos veinte minutos, ya estaba bajándome en mi estación destino y tomé un bus que me dejaría enfrente al edificio al cual iba. Hasta ese momento, todo bajo control. Llegué elegantemente en punto (que aquí significa de diez a quince minutos antes).

Una hora más tarde, terminó mi reunión y me encontré en el exterior llevando un golpe de viento, esta vez triple, y al cerrar los ojos apareció de nuevo en mi mente esa corta y molesta palabra que había visto en la pantalla del celular: windy. Tenía sólo que cruzar la avenida para llegar a la acera opuesta, donde estaba la parada del bus, el cual pasaría en 5 minutos para llevarme de regreso a la cálida y segura estación de metro. ¿Cómo? ... ¿Que les parece fácil? ... Pues ¡no! (revivo mi mal humor de ese momento).

Caminé hasta llegar a la esquina donde estaba el cruce peatonal. Una vez allí, alzaba la mirada cada tantos segundos para ver si la luz cambiaba a verde y podía pasar, y luego volvía a bajar la cabeza huyendo, en vano, de los vientos huracanados que me asfixiaban y me empujaban contra la nada. Transcurrieron dos o tres minutos -que parecieron treinta- y nada que cambiaba el semáforo.

De pronto se me ocurrió voltear hacia el poste del otro semáforo, el que estaba de mi lado de la avenida, y noté que, quizás por ser una vía donde no eran habituales los peatones, estaba ese fulano botón que tenía que haber apretado para activar el cambio de luz… ¡Y de pronto vi el bus acercándose del lado contrario! Así que, al asegurarme de que no venían vehículos, corrí con angustia y con la presión de estar sometida como a 3 fuerzas G hasta que llegué a la parada. Acto seguido, se detuvo el bus y abrió sus puertas: “Bonjour Madame!”, me dijo el chofer, a lo que respondí exhalando de alivio: “Bon-jour Mon-sieur”. Obtuve de vuelta una sonrisa amable. Él sabía que me había rescatado.

Me senté, respiré y me deshelé. Lo peor había pasado. El camino de regreso era más resguardado. Mis energías para el día se agotaron en 5 minutos exactos.

Al parecer, esto fue un episodio atípico de vientos, pero aún así me la paso diciendo que soy una winter lover . Cuando la gente de aquí me oye decir eso, veo que ladean la cabeza y me ven como con compasión. Así como si yo estuviese un poco loca. No lo estoy, ¡¿verdad que no?!

Lo que pasa es que definitivamente el invierno es para sus amantes…

Foto: Javier Picco de conmislentes.com


















diciembre 31, 2012

El Cascanueces de Montreal

Para esta Navidad tenía varias ideas en mente sobre las cuales deseaba escribir cuando hubiese ya bajado el ritmo de actividades, pero mi planificación se modificó de un momento para otro y Javier y yo salimos de viaje a atender algunos asuntos que, gracias al cielo, cerramos. De vuelta ayer a nuestro hogar, caigo en cuenta de que esta hermosa y sorpresiva Navidad se fue en un suspiro. Más que ninguna otra. Sin embargo, hoy que se acaba el año quiero compartir con ustedes un par de cosas que llenaron de magia este diciembre. Una de ellas fue el Cascanueces que presentan aquí en Montreal.

Leí que según la publicación Reader’s Digest, mi nueva ciudad es uno de los mejores lugares del mundo para celebrar este tiempo de fiestas, y que parte de ello es la puesta en escena de su muy famoso Casse-Noisette (cascanueces en francés).

Al llegar a la amplia antesala del teatro, un encantador cuentacuentos narraba la historia, en inglés y en francés, a los niños que estaban cómodamente sentados en una explanada de cojines de colores, con un grande y hermoso árbol de Navidad como telón. De verdad muy acogedora la escena. Me provocó volver a tener como 6 años al menos.

Ya adentro, en nuestros asientos, empezó la función y lo que siguió es difícil de describir ¡Hay que vivirlo! Una escenografía de ensueños, un vestuario que no parecía real, los niños y bailarines hechizaban con su participación, la orquesta interpretó la música como para dioses, en fin… todo un privilegio el haber estado allí. Yo pasé dos horas con la piel erizada de pura emoción y sobrecogimiento. 

El Rey de Caramelos del Cascanueces
Gracias a Theodor Hoffmann por haber escrito tan bello e inmortal cuento y a Tchaïkovski por tal sublime partitura. Yo creo que ellos jamás pensaron que El Cascanueces sería de las tradiciones navideñas más conocidas y aplaudidas del mundo.

Curiosidades sobre el Cascanueces de Montreal

- 300 trajes confeccionados en el propio taller de Les Grands Ballets à Montréal
- El costo promedio de cada traje es de 2000$. El del Rey de Caramelos está valorado en 10.000$
- Se emplean más de 1500 pares de zapatillas para cada temporada
- 165 personajes en escena
- Cada año se realiza una función gratuita para 2800 niños de escasos recursos.


noviembre 13, 2012

Fugaz octubre

Octubre fue agridulce y fugaz. En en el mismo mes explotaron los colores naranjas, rojos, ocres y amarillos más alucinantes del mundo y, también murieron. Así no más. Las hojas hicieron un complot para desnudar a los árboles intempestivamente y se dejaron caer. Que belleza más pasajera nos regaló el otoño canadiense.

Las ardillas se vieron de pronto sin su guarida verde, quedando desprovistas de toda privacidad. Uno que otro nido ya abandonado quedó expuesto, bamboleándose con el frío viento y pareciendo querer volar detrás de sus antiguos inquilinos.

Menos mal que cada vez que yo salía no hacía sino mirar, mirar y mirar. En cada esquina, voltear y observar. Notar aquello fue la única manera que encontré para agradecer por la suerte de vivir tan perfecto espectáculo de la naturaleza.  Adoré igualmente caminar sobre la hojarasca y sentir cómo sonaba su sequedad en cada pisada, mientras sucedía la caída libre de las hojas que decoraban el aire y a veces incluso mi cabello.

Ojalá nunca olvide cuánto disfruto del otoño. Me pregunto si quienes nacieron aquí llegarán a la vejez admirando su encanto ¿O será que con los años esa sensibilidad se evapora? Qué pena si la respuesta es que sí. En ese caso, espero que a mí me pase lo contrario.



















Entonces, fue así como esta obra de arte tornasol, pasó a ésta otra lángida, para indicarnos que está ocurriendo ahora mismo un breve intermedio, luego del cual saldrá de nuevo a escena para cubrirse triunfalmente de un blanco profundo y perpetuo. 

Y me puse a verle lo positivo. Concluí que así será de majestuoso el invierno que el otoño apuró su paso para darle lugar. La madre naturaleza es un poco irreverente en estas tierras, e ignora teoremas y fórmulas que pretenden predecirla; así que hay que danzar a su ritmo. De modo pues que…  ¡bienvenido seas invierno, que traerás la Navidad! Confío en que serás menos agridulce que tu predecesor, el otoño. Au revoir mon cher Automne. Hasta la próxima.


♥ Las dos fotos maravillosas de este post son cortesía de mi adorado esposo, que ahora también es blogger. Léelo y mira algunas de sus capturas en Con mis lentes 

agosto 28, 2012

Montreal histórica

Bajo el calor del sol veraniego y con una brisa fresca que despeina con encanto, uno puede caminar por las calles de Montreal e intuir que en cualquier rincón habrá algo inesperado que nos hará latir de pura dicha. Le encuentro mucho parecido con las sorpresas que se dan los enamorados. Esas que se crean, se organizan con meticulosidad y se entregan con tal ilusión que el otro claudica inevitablemente ante ese amor.

Esto fue lo que encontramos Javi y yo hace un par de días…

Le Marché Public du 18e siècle.  Fotos: Javier Picco  http://500px.com/jpphotographe





















Artesanos, agricultores y músicos colmaron ciertas calles de galantería, buenas maneras, romanticismo y simplicidad. Ellos miraban, hablaban y ofrecían sus productos como a la vieja usanza. Cada detalle absolutamente cuidado. Cada metro al caminar cargado de credibilidad. Estábamos en 1750. Fue un viaje adorable. De verdad esta ciudad se esmera en hacerse querer.

Para mí, que soy una apasionada por la historia, asistir al Marché Public du 18e siècle fue una experiencia que me llenó de una energía especial. Verme envuelta en ese ambiente tan verosímil del siglo XVIII, en tiempos de la Nouvelle-France (Nueva Francia), lo que provocó en mí fue un profundo deseo de haber pertenecido en cuerpo a esa época, porque de alma ya poseo más de lo que desearía (les digo que lidiar con este espíritu romántico en el mundo de hoy es todo un reto).

Y hablando de historia, voy a contarles por qué existe esta aplaudible tradición en Montreal.
Resulta que esta urbe -la segunda económicamente más importante del país- fue fundada en 1642 y pertenece a Québec, provincia donde nació Canadá como territorio colonizado, en principio por el otrora Reino de Francia. Eso explica por qué a esas tierras las llamaban en aquel entonces la Nouvelle-France. Posteriormente dominaron las fuerzas británicas y, a la vuelta del tiempo y de muchos avatares, se terminó constituyendo la llamada Confederación Canadiense en 1867.

En ese marco, Québec ha conservado en su inconsciente colectivo su singular legado francés. Lo atesora y lo defiende porque se traduce en su esencia y su identidad como población. Preservar su lengua originaria y sus tradiciones es garantizar su coherencia y continuidad. Es responder a la necesidad de defender esta única e importante zona francófona en América del Norte.

Para quienes no han estado en Montreal, me permito precisar que, si bien somos parte de Québec, esta ciudad es bilingüe. No obstante, sólo con poner un pie del otro lado del río Saint-Laurent uno se encontrará en un medio de habla francesa casi al ciento por ciento.

Así entonces, le Marché Public du 18e siècle -realizado anualmente desde hace 20 años- junto con otras actividades gratuitas, se encarga de mantener en agenda, de recordar y de sembrar especialmente en nosotros los “nuevos” que hay una historia detrás que explica tanto, que entusiasma a muchos, y que infunde respeto y hasta una linda pertenencia incipiente hacia esta hermosa provincia de esta gran nación.

A seguir caminando tus esquinas Montreal. Sé que seguiré cayendo rendida de amor.


julio 02, 2012

Sueño en verde

Algo que me ha cautivado de Montréal son sus espacios verdes. En esta ciudad hay una particular devoción por los jardines bien diseñados y mantenidos. Me atrevería a decir que en cualquier punto en el que uno se halle, sólo al voltear ya explota el color y la belleza de una flor plantada con buen gusto y cuidada con esmero. Eso para mí es realmente fascinante. Sin duda es una señal del lugar prioritario que la naturaleza parece tener en este rincón del mundo, pues luego de casi seis meses de frío la gente venera casi con fundamentalismo religioso a Su Majestad El Sol.























Por cierto que he aprendido que el primer día de primavera no es precisamente el primer día primaveral. Técnicamente, el 20 o 21 de marzo se inicia la estación, pero aquí aún puede nevar
en esta fecha. Creo que fue a finales de abril cuando mis ojos empezaron a deleitarse con los vivos colores de la primavera.






















Entonces hay que comprender por qué los montrealenses enloquecen cuando el sol quema, cuando la brisa es cálida y cuando sólo hace falta vestir ropa bien ligera para salir de casa. No importa si se está esperando el autobús, bien vale el momento al aire libre para que muchos cierren sus ojos y eleven su rostro alabando al astro rey.

De hecho, cuando camino por la calle me siento a veces como en un malecón, donde la gente va de un lado a otro con lindos sombreros, lentes de sol, pantalones cortos, faldas y olor a protector solar. Pareciera un día feriado o vacacional, pero no; se trata de una jornada normal, con un calor anormal.

Los fines de semana es común ver a las familias yendo hacia alguno de los cien parques -sin exagerar- que hay aquí, o a un sitio turístico, o a una terraza de algún local, o al menos instalándose cómodamente en sus propios balcones. Los espacios verdes están concebidos para que las personas estén en ellos y los disfruten.

Fotos -como siempre- cortesía de mi amado esposo: http://500px.com/jpphotographe/sets





















Este “sueño en verde” fue una de las no pocas cosas que vine buscando a este país; y es que además de su gentil y engalanadora belleza, está la tranquilidad y seguridad que transmiten, amén de la cordialidad con la que invitan a que uno se les acerque y comulgue en paz con la madre naturaleza.


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