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abril 09, 2016

Me hizo suya

Oratoire Saint-Joseph en Montreal. Foto: Javier Picco.

Emigrar es como un trabajo de parto que dura meses. Te ilusionas, te preparas, te desprendes… y vuelas. Renaces. Una buena mañana despiertas en un nuevo cosmos, no tan íntimo ni tan conocido, ni tan tuyo. Pero si observas cuidadosamente tu vida hasta ese gran salto hacia otra tierra, casi podría asegurarte que cada día vivido y cada mínimo suceso estaban hilándose con una seda invisible para conducirte hacia esa nueva experiencia. A lo mejor son cosas mías, pero quizás no.

Comienzas a caminar por otras calles que tienen nombres en otro idioma, que tienen un significado para muchos, pero no para ti. Te lanzas a explorar veredas, bulevares, plazas, estaciones de trenes. Necesitas poder ubicarte porque ni siquiera distingues el norte del sur. Lo que sí diferencias es tu valía, tu gallardía y tus ganas. No pasa mucho tiempo antes de que te des cuenta de que esa es tu mejor arma. Por muy habituados y seguros que se vean los lugareños, nadie puede igualar ese arsenal de seguridad y de arrojo que llevas contigo.

Te rodean nuevos códigos, expresiones, acentos, olores. Hasta el color de luz del cielo es distinto. Pero te sientes pleno. El parto fue largo, pero al fin puedes llenar tus pulmones de aire de libertad y de futuro, y respirar, respirar, respirar… hasta que en tus ojos solo se lea esa paz.

Tiempo después, en cierto punto de ese bendecido renacimiento, caes en cuenta de que el nuevo espacio es cada vez más tuyo. Tu apertura se fundió con tu sentido de la curiosidad, y como resultado de esas ansias de conocer y de descubrir, empezaste a abrazar nuevos referentes. Y la ciudad también se sintió honrada con tu presencia y te reconoció como parte de ella.

Yo camino Montreal. Pudiera mejor decir: Yo conduzco en Montreal. Pero caminarla me llena de gozo. Es tan amable, tan humana, tan bohemia, tan imperfecta, tan charmante! Me informo sobre ella y voy a su encuentro. Siempre me recibe con gentileza en su mirada. No hay café, parque, auditorio, galería, teatro, oficina o rue de donde salga con desilusión. Te camino Montreal.

Y están también "mis sitios". Esos que hice mi refugio y que me dan el silencio y la armonía que a veces necesito cuando quiero ordenar mis pensamientos y mis impulsos. El Oratoire Saint-Joseph (templo más grande e importante del mundo dedicado a San José), y la Grande Bibliothèque (más que una inmensa y hermosa biblioteca, es un faro cultural y yo podría vivir en ella). Pasar delante de estos lugares o entrar en ellos me hace sentir conectada con mi nuevo universo. Los hice míos, y con ellos a esta pequeña y adorable ciudad a donde el destino tuvo el acierto de traerme.

¿Estaré para siempre en Montreal? No lo sé. Pero hoy me siento privilegiada de estar aquí, y la riqueza que me ha regalado esta metrópolis es invalorable y siento que se me sale por los poros. Y yo sé que ella también me hizo suya.



enero 06, 2014

Palabras que sostienen





















Hay palabras que sostienen. Que se los digo yo. Hay momentos de la vida que nos llevan a amarrarnos a la fuerza del verbo y a la necesidad de crear realidades a partir de la energía de nuestros pensamientos. Así me sucedió hace un año, por estos mismos días. Me encontraba yo en el proceso de comprender qué era lo que el camino me estaba proponiendo y hacia dónde me estaba invitando a virar la dirección. Había señales por doquier, y todo parecía indicar que era el momento de un cambio en el plano profesional. Como si el sólo hecho de haber llegado un año antes a recomenzar una vida desde cero no era suficiente cambio. En fin, todo lo que yo les pueda contar que se moviliza por dentro y por fuera, se quedará siempre corto.

Romper con la continuidad, con lo seguro, supone un ejercicio de valentía y autoconfianza. Es arrojarse a explorar, en mi caso llevada por el poder de la intuición, de quien por cierto me he hecho muy amiga. Un proceso algo dicotómico para una persona tan racional y analítica como yo. Y es que justamente el balance de toda esa carga pesada y estructurada  me lo da una sola palabra; la más irracional de todas: Fe.

Fe en la Divinidad, que me cobija y acompaña. Fe en mí, y en mi capacidad de crecer y responder ante los grandes retos. Porque además pareciera que la facilidad y yo somos incompatibles, por lo que lo retador y exigente es lo que siempre llega a mi vida ¿Quizás porque lo atraigo? Sí, quizás. Y fue “fe” la palabra que fijé en mi mente y en mi corazón, y que decidí que me guiaría en especial en un 2013 tan incierto en sus inicios.

Entregarme casi a ciegas a mi fe fue absolutamente liberador. Yo continué trabajando duro, como siempre, pero con una certeza inexplicable de que todo saldría bien, a pesar de no entender cómo. Así fue que transcurrieron doce meses fugaces, algunos agridulces, que acabaron en un fin de año de total satisfacción y con una creencia más fortalecida. Abrí mis brazos, cerré mis ojos, caminé sin dudar y con entusiasmo, me dejé llevar por mi sabia voz interior, me deshice (al menos por un rato) de mi necesidad de controlar. Me sentí plena. Comprendí de manera profunda y consciente que la forma más feliz de hacer el camino, es andando. Es fluyendo.

De esta manera, esta comunicadora que les escribe se está formando y echando sólidas bases para emprender y trabajar en el campo de la edición literaria. Nuevos talentos puestos en marcha, nuevos conocimientos, nuevas ilusiones. Porque al final la vida está hecha para eso; para experimentar, probar y jamás dejar de autoconocerse. Es así como se aviva nuestra llama interior y se logra un estado de constante alegría y satisfacción. La clave es estar conectados con nosotros mismos.

Este año, sin jamás abandonar mi fe, he elegido “visualización” como palabra guía. Tengo escenas de los logros de este 2014 en mi cabeza. Son esas imágenes las que también me levantan cada mañana y hacen que el esfuerzo tenga mucho sentido y sea placentero. Los frutos se verán en el tiempo perfecto, y será muy gratificante saborearlos.

¡Feliz 2014 para todos!

agosto 30, 2013

Que tus fotos te acompañen





















Meter décadas de vida en algunas pocas maletas para continuar escribiendo la historia de uno en otro país exige perder mucho lastre; botar peso, volverse liviano, darle paso a lo nuevo, purgarse, desapegarse… ¡Liberarse! Es un proceso insufrible, parsimonioso y a la vez sanador que implica tomar entre las manos cada objeto que te ha acompañado por años, y volverse su juez: sirve, no sirve, me gusta, no me gusta, lo boto, lo regalo, lo dono, lo guardo. Y cada sentencia desencadena, en forma inevitable, trabajo. Físico y agotador trabajo.

Recuerdo que a lo largo de las varias semanas que duró nuestro trasegar en Caracas, yo tenía una fijación con las fotos. Las de mi historia, de Javi y la nuestra. Ya desde mucho antes había empezado la selectiva recopilación. Con la gentil colaboración de mi mamá y mi suegra armé la película completa y llené un álbum, que se sumó al de nuestra boda (objeto sagrado y apreciadísimo en este hogar).

Yo me negaba a solo digitalizar las fotografías. Las necesitaba en físico. Tenía que poder tocarlas. Saber que algunas habían sido impresas hace “sopotocientos” años. Ver que ciertas de ellas estaban hasta perdiendo color. Atesorar con más cuidado las más viejitas. Poder voltearlas y verificar si por casualidad tenían escrita la fecha. Tocar. Tocar. Sentir que me estaba trayendo nuestra historia. En ocasiones hemos abierto los álbumes y les garantizo que la terapia es maravillosa. Como dice el bolero, “recordar es vivir cuánto se ha amado, recordar es vivir un grato pasado”.

Este mágico proceso sirvió para sacudirle el polvo a viejas anécdotas mientras pasábamos de mano en mano las imágenes. Adoro escuchar. Oír historias familiares siempre permite completar ese gran rompecabezas que es el ayer y descubrir su fascinante influencia en nosotros.

Además, cuando uno por fin llega a su nueva ciudad como inmigrante a veces se siente que se está en la nada. Hay que explorarlo todo desde cero, incluyéndose uno mismo. Entonces en esos primeros momentos, cuando quizás se sienten profundas ganas de ubicarse, ahí está nuestra historia. En mi caso, poder tener a la mano mi memoria en su versión original ha sido tremendamente positivo.

Sólo puedo dar fe de que, aunque es cierto que se debe botar lastre al hacer las maletas más importantes de tu vida, debes procurar que tus fotos te acompañen.


agosto 12, 2013

Plenamente inmigrante

Salir de las entrañas de la tierra que nos vio nacer y empezar una nueva vida en otro lugar es, definitivamente, una de las experiencias que más nos sacuden y nos reordenan por dentro. Visto con los lentes del optimismo y la amplitud del ser, podría definirse como un inmenso privilegio que algunos tomamos el riesgo de ir a buscar.

En mi caso, ha sido también la maravillosa oportunidad de bajar la velocidad del camino y poder detenerme a vivir, y, más aún, hacerlo inmersa en un ambiente que brinda sosiego y certidumbre. Así lo imaginaba, así sentía la necesidad de que fuera y así lo estoy disfrutando gracias a la Divinidad.

Lo cierto es que llegué a Montreal con mucha disposición al cambio y abierta a la experiencia transformadora que estaba por empezar. Un año y medio ha pasado y hoy lo que siento es plenitud. He aprendido a conjugar mejor los verbos crecer, tolerar y respetar. He amansado mi ego criollo, y hoy veo el mundo de muchos más colores y dimensiones. Ahora siento que hago “camino al andar”, sin prisa.

Entonces la inspiración me tomó por asalto y lo que me provoca es secuestrar ese estado de ánimo y mantenerme en ese clímax de creatividad generalizada por el mayor tiempo posible. Una seguidilla de ideas que sólo de tomar forma en la mente ya producen placer y motivación.

Parte de ello me hizo, por ejemplo, zambullirme de manera más profunda en mi práctica de la repostería y me decidí a hacer este verano un curso tan magnífico como divertido. El primero de los que vendrán. Y es que no solo me da gran satisfacción decorar tortas, sino que me conecta mucho con tantos dulces recuerdos que atesoro junto a las grandes mujeres de mi vida (de eso también escribí aquí).



Y como si fuera poco, tenemos en casa la linda visita de mi mamá, a quien recibimos con todo el cariño y esmero que fue posible.




Una sola frase para terminar este post: Gracias, Padre, por tanto.


mayo 22, 2013

Aprender a despedirse

Abril y mayo han traído de todo, “como en botica”. Pasaron los días a gran velocidad desde que escribí mi último post, y se me hizo casi imposible venir a esta tranquila esquina que tanto extrañé. ¿Razones? Una sola, y muy especial. Recibimos en casa a mi suegra y a nuestro pequeño sobrino-ahijado, quienes vinieron de sorpresa desde España para el cumpleaños de Javier. La primera visita familiar desde que llegamos a Canadá. El mejor regalo del mundo que mi esposo pudo recibir.

Así que desde principios de abril las semanas corrían bajo mis pies aceleradamente, mientras yo organizaba todo en secreto para que la sorpresa fuese perfecta. Y llegó el gran día, y hubo lágrimas de felicidad, torta de chocolate, regalos y mucho más.


















Pasadas las horas, nuestra rutina había dado un vuelco y ya había un poco de desorden, amenas conversaciones a cualquier hora del día, juguetes en la alfombra, besitos llenos de dulce, abrazos y más abrazos, botellas de vino, picnics, consentimientos, muchas visitas a los parques, juegos divertidos, paseos, cansancio bonito, amor y conciencia de nuestra gran fortuna.



















Pero llegó el momento de decir “hasta luego”. Todo llega y todo pasa como dice mi padre, y eso aplica para lo bueno y también para lo que no lo es tanto. Entonces se instaló en el corazón esa rara sensación de querer detener el tiempo, cuando no se puede. Y nos volcamos en abrazos muy sentidos, de esos que quieren decirlo todo en la brevedad de la despedida. Y brotaron desde adentro hermosas y sabias palabras. Y nos regalamos miradas empañadas y francas.

Luego lo que uno quiere es que la rutina regrese con fuerza para que la melancolía se quede muda y no pueda dirigirte la palabra. Ignorarla y continuar. Crecer en fortaleza. No queda otra.

Confirmo que una de las lecciones más difíciles de inmigrar y vivir lejos es la de aprender a despedirse. ¿Será que con el tiempo llega a ser más fácil? Ojalá, ¿verdad?


marzo 14, 2013

Soy de aquí, soy de allá

Hace unos días estaba conversando con un venezolano que vive en Montreal desde hace veintidós años. Llegó, como tantos de nosotros, casado y con muchas metas. Tal cual como lo planeó, aquí estudió su posgrado, tuvo sus hijos y compró su casa. Sin embargo, tras un suspiro al que le siguió una mirada melancólica, de pronto me dijo “pero sabes que, al final, yo no me siento ni de aquí ni de allá”.

Yo empecé a mirarlo diferente, sin que él lo notara, ya no como una simple paisana con quien se tropezó sino como alguien que deseaba saber más de él y de su testimonio para poder comprender el significado de esa frase tan lapidaria para mis oídos entusiastas, y mi auto-lección diaria de “la actitud lo es todo en la vida”. La conversación no pudo extenderse lo suficiente como para que yo saciara mi necesidad de escuchar activa y atentamente la historia detrás de esa sentencia, por lo que el tema se me quedó en la cabeza dando vueltas.

Pensaba entonces en muchas hipótesis. Que ni Venezuela ni Canadá eran los mismos hace dos décadas. Que las exigencias para emigrar cambiaron drásticamente en ese tiempo. Que la visión del mundo y el acceso a él no tienen patrón de comparación en ambos momentos. Que hoy se habla de Inteligencia Migratoria y en aquella época quizás primaba el instinto y la aventura. Que más allá de todo análisis, en definitiva cada persona es diferente por lo que también lo es cada experiencia sin importar cuándo haya sucedido.

En el fondo sentí fue temor de verme algún día en esa posición. Para mí, que soy pichón de inmigrante, hasta ahora no había cabido la idea de que, a la vuelta de los años, podía no sentir a Canadá como parte de mí también. Estamos claros, el vínculo con mi amada Venezuela es irrompible y eso jamás cambiará, porque es cierto que la relación que uno tiene con la tierra que lo vio nacer nos marca -afortunadamente- para siempre. Pero, ¿será tan difícil desarrollar sentido de pertenencia en otro suelo? La respuesta más inmediata que me viene a la mente es que se trata de nuestra actitud.

Recuerdo que como parte del largo proceso para obtener la visa, mi esposo y yo debimos estudiar bastante sobre Canadá y su provincia Québec. Respondimos un extenso cuestionario sobre toda suerte de interrogantes para estar preparados para nuestra entrevista en la embajada. Una de esas preguntas decía, ¿cómo piensa integrarse a la nueva cultura? Y la respuesta era clara: Estar abiertos a conocer el país, sus provincias y ciudades, aprovechar las herramientas que el gobierno ofrece gratuitamente en materia laboral y ciudadana para ser más eficaces en nuestro establecimiento, consolidar el uso de los idiomas, disfrutar de las manifestaciones culturales, recorrer sus espacios verdes, vivir sus valores hasta hacerlos nuestros, echar raíces, etc.

Como esa pregunta, docenas más. Ese ejercicio nos llevó a tener un plan y a aterrizar en suelo canadiense con una idea lo más cercana que pudimos de lo que sería nuestro inicio. Suena sencillo. En la práctica se encuentran obstáculos, pero ¿quién dijo que no habría? Lo relevante es que cada quien a su ritmo, y según su propia suerte, va encontrando el camino. Todos (los que de verdad lo desean) al final lo logran. Pero surge la duda de si también llegará la mayoría a querer a esta tierra. Hasta ahora considero que reúne los méritos, y que si está en nosotros la disposición a hacerlo, terminará por pasar y seremos aún más ricos pues reuniremos en nuestro corazón el amor y la pertenencia por dos naciones que habrán aportado a nuestras vidas sus mejores herencias.

En fin, ojalá no me equivoque. Al menos tengo la conciencia despierta y la más grande disposición a conservar lo mejor de allá (de mi entrañable Venezuela) y llegar a querer lo que soy y seré aquí. El tiempo dirá lo demás.



enero 26, 2013

Recuerdos al horno

Años y años viviendo tan cerca de mi mamá, mi abuela y mi tía, viéndoles y ayudándoles a hacer maravillas de tortas, y es ahora, cuando estoy tan lejos, que me ha dado por recopilar sus mejores recetas, anotarlas en una libreta de diseño retro y hojitas envejecidas que alguien me regaló hace tiempo, y hornear una y otra vez. Jamás antes tuve tanta necesidad de hornear un bizcocho o ponqué (como le decimos en Venezuela) y de buscar la perfección en su textura y sabor. Aún no logro el punto que considero "de deleite" pero creo que voy por buen camino.

Siento que, además de darme placer, hornear tortas me conecta muy estrechamente con mi historia. Su preparación me lleva a aquellas tardes caraqueñas de brisa fresca, luz blanca, quietud, olor a madera pulida y pajaritos cantando en el jardín de la casa de mi abuela. Me pareciera verme sentada en esa mesa amarilla que tenía en su cocina para la época, y percibir ese confortable aroma a dulce hogar. Solitas las dos, ella me enseñaba con paciencia y esmero.

Hoy estoy segura de que la abuela quizás sospechaba que, aunque lejos en el tiempo, yo iba a despertar algún día ante el gusto por su antiguo oficio, porque ella fue repostera profesional en su momento. Lo que no vio en ese entonces es que iba a suceder sin ella cerca. Sé que lo adorarías abuelita, y yo también, pero me fui lejos sin pensar en tu nostalgia. Déjame al menos reconfortarte haciéndote saber que estás, además de en mi corazón, en cada gramo de cariño que pongo al hacer una torta, ¡y en tu receta de chocolate caliente también!

El hecho de haber emigrado me ha puesto gustosamente cara a cara con toda mi naturaleza interior. Definitivamente es una experiencia en la que hay que fluir con plenitud. Y hablando de ello, es curioso que de nuevo me encuentre entregándome a mi abuela en este blog (sobre quien también escribí aquí). Yo la he disfrutado mucho y nuestra relación me ha dejado gran crecimiento. Sin embargo, cuando salta de mi subconsciente y aparece en mis textos, comprendo que la extraño más de lo que yo misma admito. A ella y a toda la familia, pero por alguna razón hay un acento en ella.

Así que bueno, para volver a mis tortas y sacudirme el down, en esas ando. Ensayo y error. Tomo las recetas de la familia y les voy poniendo mi sello. Sustituyo un ingrediente por otro, altero cantidades, compro moldes diferentes y me lanzo al disfrute tan enorme que me da meterme en la cocina a jugar a ser repostera. También en mis ratos de entretenimiento están mi mamá, mi tía y mi hermana en mis pensamientos. A mi mamá a veces la asalto a preguntas, que ella feliz me responde en tiempo real gracias a las nuevas tecnologías.

Lo tengo claro. Mi interés por meter mis recuerdos al horno va creciendo y creciendo. Al menos trascendió la pasión por la repostería a esta representante amateur de la tercera generación de la familia.


octubre 14, 2012

Del cuerpo y del ánimo

Dice Benedetti, en Primavera con una esquina rota, que cuando se experimenta el exilio “el cuerpo es más adaptable que el ánimo”. Él lo dice en un sentido figurado y lo aplica a la privación de libertad, pero ante esa frase yo realicé un doble nivel de lectura y me terminé quedando con su sentido literal: Separarse de la tierra.

La gran verdad es que no hay independencia en mí. Mi cuerpo y mi ánimo son simbióticos y les gusta vivir encolados. Uno siempre delata al otro, y por eso me veo tal como me siento. Lo interesante es que, como cualidad innata, puedo domar elegantemente ese ánimo cuando se quiere pasar de la raya. Sin embargo, hay a quienes con una breve mirada les basta para descifrarme al mil por ciento, a pesar de mi control ¿verdad, Javi? ♥
























Una vez el ánimo comenzó a temblar; acto seguido la piel necesitó calor para confortarse. A mi ánimo le encanta vestirse del fresco otoño porque las ideas pululan y se eleva la energía, entonces el cuerpo se suma y coopera volviéndose tolerante al frío. Y así va siempre este par, compensando y llegando a la mesura griega, una y otra vez.

El inicio del exilio tiene esa dicotomía cuerpo-ánimo acentuada, en especial si se debe recomenzar. Hay éxtasis por la calidad de vida que se respira, más en una ciudad y un país como éste, lo que conlleva a una grandísima sensación de bienestar y plenitud. Y de pronto hay un dejo de añoranza, o hasta de temores, muy comunes y normales por cierto, y de los cuales no todos hablan y pocos admiten. Pero allí están.

Lo que me hace sentir muy privilegiada es que llegué a Canadá con un equipaje hecho en Venezuela, de carga liviana pero trascendental y de incuantificable valor. Empaqué todo cuanto pude y recordé:

- Mis más grandes afectos
- El tesoro que son mis valores familiares
- La adaptabilidad criolla
- El humor en cualquier situación
- La empatía que nos acerca a extraños
- Un espíritu luchador
- El optimismo a prueba de casi todo

El camino sin mi maleta venezolana sería muy cuesta arriba. Al final, el tiempo es el que con su paso permite que todo engrane según el plan divino. Mi cuerpo y mi ánimo cada vez festejan más y le doy gracias a Él por eso. Y también por lo bueno que vendrá.


agosto 14, 2012

María, quédate en mi cuerpo

Hogar es un concepto, una idea y una realidad que amo. Una de las cosas que más disfruto en este mundo es observar los espacios de la casa y sentir que hay calidez en ellos. Que todos los objetos que se escogieron y se dispusieron con tanto cariño le aportaron al aire armonía y tranquilidad. Digamos que lo que más me gusta entonces es la sensación de hogar.

Cuando uno emigra, eso es algo fundamental (al menos para mí). Comenzar de cero significa salir a ganar espacios en unas calles que te gustan pero que aún no conoces del todo, y es también realizar una interacción con la nueva cultura que a veces nos agota un poco. Para reponernos, lo mejor es buscar sosiego en ese rincón que ya empezó a ser nuestro, que tiene nuestro sello y color.

Consentir el hogar es todo un arte que requiere total vocación. Venirse de Venezuela, donde la ayuda doméstica cuesta poco, es asumir que para que la casa esté en las condiciones que deseamos hay que abrazar las rutinas que antes solíamos delegar. Así, lavar, doblar la ropa y guardarla, planchar y limpiar, son ahora tareas que nuestras propias manos logran, y que descontamos de nuestro propio tiempo. Cocinar es un verbo que siempre pienso de último porque, por fortuna, además de ser gran colaborador, En casa cocina él.

Debo confesar sin pena alguna que, lejos de opiniones adversas y absolutamente comprensibles, a mí me agrada el trabajo del hogar. Es más, como buena y digna virgo, siempre a veces creo que cuando yo hago las cosas quedan mejor. Pero es que en el fondo se trata de ese elemento de cariño que sólo aflora cuando la mujer de la casa toma esas acciones entre sus manos. Para que no vayan a pensar que mi locura es total, les juro que soy devota de darme permiso de estar agotada, de no tener ganas de hacer las cosas en cierto momento y de dejar de lado la casa cuando necesito más tiempo para mí, o para él, o para nosotros. Todo en la vida es balance.

Pero volviendo a los menesteres hogareños, debo decir que cuando me concentro en ellos, muchas veces casi creo escuchar, desde mi interior, la voz de mi abuela (ahora sí les permito que piensen que estoy loca), orientándome y dándome consejos. De ella heredamos el resto de las generaciones de mujeres de la familia la pasión por hacer relucir el hogar. No es lo mismo una mesa puesta por cualquiera que por mi abuela; luce más hermosa, como si ella le rociara una magia especial.

Las manos de mi abuelita.  Foto: Javier Picco  http://500px.com/jpphotographe/sets






















Verla guiar su casa, realizar sus actividades con sus propias manos ya muy arrugaditas, y escucharle al mismo tiempo sus historias, es participar del milagro de ganar su herencia en vida. Un legado de valores que ya poco se ven, y que ella sabe transmitir es a través de la conducción de su hogar, porque fue así como lo aprendió.

Ella, María, no escatima momento para decirnos que nos quiere: “Les hice arepitas”, “Voy a enseñarte cómo hacer las flores para decorar tortas”, “El secreto de la receta del arroz con leche es...”, “Para agarrar un ruedo, hay que…”, “Las cortinas se miden así…”, “Éstas son las matas que se dan en la sombra”, “Vamos a tomarnos un cafecito”…

Su presencia en mi vida ha nutrido de manera maravillosa la importancia que para mí tiene el hogar. Ha sido, junto con mi madre, figura esencial en la evolución de esa faceta de mi naturaleza femenina con la que disfruto estar conectada. Claro está, yo le he dado mi toque y la he adaptado a mi presente.

A veces mi mamá, mi hermana y yo, cuando hacemos algo al estilo de la abuela, bromeamos diciéndonos: “¡María, sal de ese cuerpo!”. Hoy quise titular este post en el sentido correcto, para declarar que quiero preservar lo que ella me ha querido entregar: “María, quédate en mi cuerpo”.


P.D. Sé que este post estuvo un poco extenso, pero no podía dejar de contarles que en el cielo tengo a una abuela grandiosa: Julia. Ella me dejó otro tipo de herencia, también única, que otro día les cuento.


julio 24, 2012

Viento del norte


Debe ser el aire del verano lo que me pone así. Me levanto y me acuesto con la imagen de un gran y bello árbol bajo el que puedo tenderme con los brazos abiertos, cerrar los ojos y respirar, respirar, respirar. Olvidar las ramitas que se clavan como venganza por haberlas aplastado, y ser toda del murmullo del viento; de este viento del norte que es suave y fuerte, pesado y ligero, y que envuelve con coraje y amabilidad. Un viento de raza pura que no admite mezclarse sino con su mismo linaje de osadía, fuerza, paz y justicia ¡Quién no dejaría elevarse por este viento!

Yo lo dejo entrar. Dejo que me llene de su esencia, que me pasee, me refresque y me recargue de energía. Permito que también la música de los árboles complete la escena. Escucho con atención cada sacudida de las hojas, las grandes y las pequeñas. Sonrío con el ronquido de las ramas que se baten de alegría porque, como a mí, les encanta este viento.

Él susurra la calma, confirma los buenos pasos, infunde paciencia. Asegura respuestas. A veces es cálido, y de cuando en cuando menos cálido, todo depende de la disposición de la piel. Vaya fortuna la mía; mi piel y este viento del norte se han entendido.


junio 17, 2012

Tejido de soñadores

Finalmente estoy aquí en esta esquinita ¡Cómo la extrañé! El asunto es que desde hace algunas semanas he estado súper absorbida en algunas actividades y el tiempo libre no ha abundado. Es más, cuando aparece un hueco en la rutina, abrazo ese espacio con alegría y me tomo unos instantes para escucharme, para cerrar los ojos, para respirar y sentir. Eso me oxigena y me nutre pues el proceso de recomenzar la vida en otra latitud es un gran privilegio, pero también es exigente.

Lo cierto es que en esos instantes de serenidad y tranquilidad lo que hago es pensar en lo variopinta que se ha vuelto mi interacción social aquí en Montréal. Caminar por la calle, subir a un autobús, tomar el metro, hacer mercado, ir al cine, a un museo, a un parque, es constatar que aquí en esta tierra hay un tejido colorido de idiosincrasias, de acentos, de sabores y de sueños. Vivir entre ese mosaico, les juro, es más que interesante.

Uno aprende a identificar y a respetar las costumbres de tantos que llegan a este país buscando una vida mucho mejor, y que salen a la calle todos los días con un pedacito de su tierra en la piel y el alma. Eso se nos nota a todos los inmigrantes. Se nos ve en los ojos. Se nos siente en la voz. Cuando alguien habla tan sólo para preguntar por una dirección, aflora un magnífico acento extranjero que lo que grita desde el fondo es: “Aquí estoy, luchando y esforzándome por mí y por mi familia para alcanzar mi sueño de una vida plena, justa y tranquila”.

Intercambiar con los soñadores de esta Île de Montréal es enriquecedor. Marroquíes, egipcios, italianos, ucranianos, sirios, brasileros y demás. Quién me iba a decir que al traspasar las fachadas iba a encontrar yo que en el fondo hay tantos valores compartidos, tantas prioridades, incluso tantas ilusiones y miedos. La amistad se asoma y vuelve invisibles las barreras. Se imparte una lección diaria de humildad y no me gusta llegar tarde a ella.

Lo que provoca es salir a la calle y agradecerle a la ciudad por habernos recibido, a descubrirla sin descanso y a integrarse. Montréal tiene un aire fresco y cordial. Me gusta respirarlo y me gusta saberme más conocedora de esta urbe. Sé que un día voy a confesar que se ha ganado mi corazón. Eso lo presiento. Para eso me dispongo y trabajo. Por ello, me abro.

Que la apariencia se quede presa donde sea que se haya perdido, porque yo lo que quiero es seguir bebiéndome este delicioso coctel de simplicidad.


mayo 03, 2012

P U E N T E S























La decisión de dejar atrás la historia que vive y que sigue ahí, alrededor, y a los seres que amo profundamente, fue una noticia compleja que le di a mi corazón hace más de dos años. Tuve que tender fuertes puentes entre él y la razón para que ambos se visitaran con frecuencia, hablaran, se entendieran. Al final, hubo más equilibrio del que creí. Lo supe porque cada paso que iba dando hacia la meta, corto o largo, se sentía seguro, confiado, satisfactorio. 

Así, el tiempo fue un buen acompañante. A veces fui yo más veloz que él, pero aprendí que él es sapiencia, es serenidad. Comprendí que en la lucha por hacerlo correr sólo hay desgaste. Ahora sé que sí es verdad que hay una orquesta celestial que compone música para mí, y que cada compás, cada nota, cada silencio está dispuesto para que suene con armonía para mis oídos, en mi vida y para mi alma. Ahora me detengo y miro. Disfruto, contemplo, aprecio, vivo. Pero sobre todo, confío. 

Ya aquí, continúo con mi historia y los seres que tanto amo. Están conmigo y sigo protegida por su amor en la distancia. Cada respiro de tranquilidad los recompensa, cada sonrisa de alegría los complace, cada paisaje que observo los revive, cada pequeño logro los hace celebrar en grande. La fuerza inmensa que hoy me sostiene y todo lo que por dentro me guía, lo es gracias a ellos. 

Y soy aún más afortunada porque he abierto mis brazos y he alzado la mirada hacia el mundo maravilloso que Él creó para todos. Su obra es perfecta y yo quiero saborearla. Mi riqueza crece porque estoy sumando afectos, viviendo entre culturas diferentes, estoy ampliándome, y sólo estoy tomando lo  bueno. 

La nostalgia pasajera, el apego del contacto y el valor infinito de cada recuerdo me hacen sentir más humana, más frágil a veces, pero también más valiente. Al final, el hogar está donde uno decide que esté. Está junto a mi esposo amado. Nuestro hogar está hoy en Montréal. 

Mucho que ganar, y mucho que dar. Gracias a la Providencia por tanto.


P.D.  La foto de este post es cortesía de Javi. Vean mucho más de su portafolio en: 500px.com/jpphotographe


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