julio 14, 2015

Te honro, te presumo, Venezuela

Cuando mi vida fuera de Venezuela se convirtió en certeza, una de las primeras cosas que me prometí fue honrar su nombre y mi gentilicio, y hacerlo con hechos y palabras. Mi voz interior me repetía eso una y otra vez, y lo sigue haciendo pasados ya tres años, por lo que es algo que no puedo ignorar.

En una tierra de inmigrantes como Canadá, la pregunta ¿de dónde vienes tú? es la variable infaltable de casi cualquier conversación que se entable con algún extraño. Y ante la respuesta muy sentida y orgullosa “de Venezuela”, que hace además un eco infinito en el alma cuando se pronuncia, y desata un sinfín de imágenes y sentimientos a la velocidad de la luz, ocurre con frecuencia la misma reacción; el mismo gesto de quien se lamenta por algo que no marchó bien, el mismo lugar común de “he oído que es un país muy bello, lástima que…”.

Honrar a mi tierra no es negar la asfixiante crisis general que atraviesa y que ha lanzado en caída libre la calidad de vida del venezolano. Honrar a mi país, tampoco es abonar su dolor con recurrentes narraciones de lo difícil de vivir allí, dándole rienda suelta al verbo cómodo y morboso de quien critica desde lejos. No puede olvidarse que en ese país aún están nuestros afectos, exponiéndose y batallando a diario.

Honrar a Venezuela es respetar su intimidad y su complejo tránsito actual, y es tratar siempre de dejar en la mente del extranjero que se interesa por saber de ella, una pincelada de color que fije la generosidad de nuestro país, la alegría crónica que nos distingue y que ha sido antídoto para esta etapa amarga, los valores de la familia y la hermandad, el paraíso natural que se encuentra en esa esquina del planeta donde tuvimos la fortuna de nacer.

Cuando entregamos un poco de nuestro país con franqueza y con amor, la satisfacción de haberlo hecho es lo que nos confirma en nuestro corazón que lo estamos honrando. Hace poco una compañera de trabajo y yo, ambas venezolanas, organizamos un almuerzo con comida, ambientación y hasta música venezolanas. Elaboramos un video con hermosas fotos de paisajes, nombres de ciudades, símbolos patrios. Qué delicia fue presumir de Venezuela.

Ser agradecidos con nuestro país de adopción es también una manera de llevar en alto la imagen del suelo natal. Integrarnos, darnos a nuestra nueva tierra y comportarnos a la altura de las oportunidades que nos ofrece, es reflejar también nuestra gentileza (y jamás la viveza) criolla.

Por eso, me propongo honrarte con mi lengua, y mostrar lo mejor de ti con el empuje, el guáramo y la pasión que doy en cada paso de esta exigente y maravillosa experiencia de vivir lejos de ti, Venezuela.



enero 22, 2015

Invoco al agradecimiento

Foto: Google Images

El ejercicio de estar conectada con mi yo interior, ese viaje que emprendí de forma consciente hace ya un tiempo, y que ha avivado la llama que ilumina mi ruta de vida, ha sido tremendamente evolutivo, sabio y gratificante. Esta experiencia, a la que se sumó un poco más tarde el transformador proceso de la emigración, ha aumentado mi capacidad pulmonar. Lo sé porque cuando inicio una respiración profunda, y voy inhalando e inhalando más, hasta que ya no cabe más aire, ahí, justo ahí, siento que toco mi centro y le veo la cara a la plenitud que en mí habita y siento paz; como nunca antes, siento paz. Aprendí cómo dejar entrar más aire.

Y ha sido esa misma conexión con mi voz interna la que desde hace unos años me llevó a plantearme una sola palabra guía cada mes de enero; un mantra que yo pudiera invocar todos los días y que me llevara de la mano a lo largo de cada año para recordarme el fin último de mis acciones y esfuerzos en este recomienzo de la vida lejos de mi país. Para el 2015 solo ha habido una sola palabra que ha resonado en mi cabeza: Agradecimiento.

Levantar cada mañana y que me brote por los poros esta necesidad de dar gracias, no porque ya haya alcanzado todas las metas trazadas o porque todo esté perfectamente bien a mi alrededor, sino porque hay una sonrisa en mi alma, un estado de inmensa fe en mí y en la Divinidad, una alegría silenciosa y a veces estruendosa que me lleva a entregarme con amor a cada acción cotidiana, yendo de lo más doméstico a los más sublime. Honrar mis sueños, tener claro el camino y agradecer la vida que lo hace posible. Algo me dice que es así como debo continuar...


diciembre 12, 2014

Navidad blanca y paciente


Foto: Javier Picco

Nieve que regala el cielo, que cae suavecita y que se detiene en las ramas desnudas de los árboles. Un copo junto a otro, y otro más, y al final queda tallada una fina y blanca silueta que los visten de fiesta porque es Navidad. Es el blanco. Un color que mis ojos adoran contemplar. Es pureza. En lo sublime que nos rodea casi siempre hay blanco... ¡Hasta en la música! Amo los clásicos navideños norteamericanos. Muchos son suaves como la nieve. Seguro es que muchas de sus notas son blancas.

Asomarme a la ventana y detenerme ahí un instante para dejarme absorber por ese espectáculo que es ver caer la nieve que cubre todo con tanta calma y tan dócilmente… Eso me produce paz. Sin embargo, a veces ella se contraría y cae furiosa, tormentosa y conflictiva. Incluso así me gusta observarla porque ese contraste es tan misterioso como interesante. Dos caras, dos temperamentos. Y yo hago silencio y apelo a mi santa paciencia, y busco comprenderla.

También a mí misma trato de llevarme despacio en estos días de fiestas que tocan tanto mi fibra. Porque al fin y al cabo, en Canadá o frente al Caribe, es Navidad, y siempre he vivido con gran ilusión esta época del año, a pesar de que aún estoy nueva en el arte de aprender a armonizar la Navidad calurosa, alborotada y llena de sol que llevo en la sangre, con esta otra versión preciosa, elegante y sobrecogedora con la que tanto soñé y que Dios, que me ama con locura, consintió que yo viviera.

Dos alegrías, tan diferentes y tan bellas. Una en mi alma, a la que viajo con los ojos cerrados cuando necesito recordar a mi gente, un verso de aguinaldo o el olor de mi patria, y otra que está aquí, la que mi piel siente y que mis manos tocan. Las dos me traspasan con fugacidad. Si espío la tarde a través de la ventana, sonrío complacida al mirar ese paisaje níveo e inspirador. Luego, cuando me doy media vuelta y camino hacia la cocina para hacerme un té, mis pensamientos saltan sin prevenirme y van a parar, por ejemplo, al pesebre que todos los años, en un rincón de su casa, hace mi abuela: “Apuesto que puso los tres reyes magos arriba, a la derecha, con sus camellos. Y al Niño Jesús, seguro lo tapó con aquel pedacito de tela blanca que quitará el 24 a las doce y un segundo de la noche, sin falta”.

Y así, ya endulzado el té con un toque de nostalgia, gradúo la calefacción, tomo una cobija, me dispongo cómodamente en el sofá para ver una mágica película de Navidad, de las muchas que veo estos días, y otra vez despierto en mi presente. Suspiro al saberme tan plena en esta otra Navidad.

Abrirse, desprenderse, integrarse a la nueva cultura en la que escogimos vivir y continuar amando desde adentro, muy adentro, las tradiciones, las costumbres y la fe que nos han hecho quienes somos. Una dualidad que sólo el que emigra sabe lo que significa, y que solo el que se tiene paciencia, de esa suavecita y sublime como la nieve, aprende algún día a conciliar.


noviembre 26, 2014

Tres soledades

Yo sí. Cada vez me enamoro más de Montreal. La voy haciendo mía. La siento. La camino, la escucho, la observo desde mi silencio y desde mis ganas de ella. Su riqueza, diversidad y cultura son un bálsamo para los sedientos de mundo. Yo sí. Yo levanté las rejas de mi mente y aprendí cómo encontrarme con ella.

Rincones, espacios, lugares evidentes y escondidos en uno de los cuales quedé absorta y fascinada una noche más. Allí, en La petite marche de la rue St-Denis, se consolaron tres soledades. La poesía las hermanaba. Bonsoir tout le monde et merci d’être là. Welcome all of you to this event filled with poetry. Hoy compartiremos con los poetas Étienne Lalonde, Fernanda del Monte y Rae Taylor. Poesía en tres lenguas.

Mito que se rompe. Cuando llegué a Canadá escuché sobre la historia de las llamadas dos soledades: English vs. French. Separadas por prejuicios y barreras prepotentes. Y sumamos entonces otra más: Spanish. Una que viene anclada en las venas y el coraje de tantos inmigrantes que llegan urgidos por abrazar su nuevo cosmos, encontrar nuevos referentes, conformar su imaginario; que llegan fatigados de tanta polaridad.

Y aparece entonces el arte, la música y las letras, y demuestran gracias a su alma universal que el espacio es infinito cuando hay deseos de entrar en él, y que dejarse seducir por los versos de un poeta, no importa el idioma en el que los haya creado, es reconocer al otro y el valor de su existencia en nuestro todo.

Yo sí. Yo veo clara la convivencia de estas tres soledades…


septiembre 30, 2014

Q u i j o t e s c a


Mi ser, ciento por ciento humanista y también medio bohemio, siempre ha saboreado una idílica relación con los libros. Siempre. Es más, muchas veces los he atesorado, limpiado y hojeado por años antes de que su necesidad de ser leídos me estrechara entre sus páginas. Porque, como una vez escribí en esta esquina, cada libro tiene su momento para ser abierto. En mi familia paterna soy la heredera por excelencia de joyas literarias, especialmente en materia de historia. Por ello, cuando armé maletas para mudarme de país, mis libros más preciados me acompañaron. Imposible dejarlos. Estar entre ellos me mantiene fiel a mí misma.

Todo esto para contarles que una mañana de éstas me levanté decidida a hurgar entre mi caja de libros aún sin desembalar (después de dos años y medio), y rescatar al Quijote para devorarlo. Valga decir que los cuatro tomos vienen de la antigua biblioteca de mi esposo, y son una edición especial con ilustraciones magníficas y de alta factura. Así entonces, ubiqué la obra completa en un pequeño mueble, y tomé el libro primero, escuchando un crujido de extrañeza. Creo que jamás antes habían sido separados. Me dispuse a dejarme llevar por esta gloria que Cervantes legó a la humanidad.

Pero mi día “quijotesco” no acabó ahí. Ya tarde en la noche, entré en Twitter y supe que justamente ese 29 de septiembre, día de mi urgencia literaria, se conmemoraba el nacimiento de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616). Esta coincidencia avivó mi ya fuerte interés, y ahora estoy sumergida en esta fabulosa aventura. Curioso, ¿no les parece?   



enero 06, 2014

Palabras que sostienen





















Hay palabras que sostienen. Que se los digo yo. Hay momentos de la vida que nos llevan a amarrarnos a la fuerza del verbo y a la necesidad de crear realidades a partir de la energía de nuestros pensamientos. Así me sucedió hace un año, por estos mismos días. Me encontraba yo en el proceso de comprender qué era lo que el camino me estaba proponiendo y hacia dónde me estaba invitando a virar la dirección. Había señales por doquier, y todo parecía indicar que era el momento de un cambio en el plano profesional. Como si el sólo hecho de haber llegado un año antes a recomenzar una vida desde cero no era suficiente cambio. En fin, todo lo que yo les pueda contar que se moviliza por dentro y por fuera, se quedará siempre corto.

Romper con la continuidad, con lo seguro, supone un ejercicio de valentía y autoconfianza. Es arrojarse a explorar, en mi caso llevada por el poder de la intuición, de quien por cierto me he hecho muy amiga. Un proceso algo dicotómico para una persona tan racional y analítica como yo. Y es que justamente el balance de toda esa carga pesada y estructurada  me lo da una sola palabra; la más irracional de todas: Fe.

Fe en la Divinidad, que me cobija y acompaña. Fe en mí, y en mi capacidad de crecer y responder ante los grandes retos. Porque además pareciera que la facilidad y yo somos incompatibles, por lo que lo retador y exigente es lo que siempre llega a mi vida ¿Quizás porque lo atraigo? Sí, quizás. Y fue “fe” la palabra que fijé en mi mente y en mi corazón, y que decidí que me guiaría en especial en un 2013 tan incierto en sus inicios.

Entregarme casi a ciegas a mi fe fue absolutamente liberador. Yo continué trabajando duro, como siempre, pero con una certeza inexplicable de que todo saldría bien, a pesar de no entender cómo. Así fue que transcurrieron doce meses fugaces, algunos agridulces, que acabaron en un fin de año de total satisfacción y con una creencia más fortalecida. Abrí mis brazos, cerré mis ojos, caminé sin dudar y con entusiasmo, me dejé llevar por mi sabia voz interior, me deshice (al menos por un rato) de mi necesidad de controlar. Me sentí plena. Comprendí de manera profunda y consciente que la forma más feliz de hacer el camino, es andando. Es fluyendo.

De esta manera, esta comunicadora que les escribe se está formando y echando sólidas bases para emprender y trabajar en el campo de la edición literaria. Nuevos talentos puestos en marcha, nuevos conocimientos, nuevas ilusiones. Porque al final la vida está hecha para eso; para experimentar, probar y jamás dejar de autoconocerse. Es así como se aviva nuestra llama interior y se logra un estado de constante alegría y satisfacción. La clave es estar conectados con nosotros mismos.

Este año, sin jamás abandonar mi fe, he elegido “visualización” como palabra guía. Tengo escenas de los logros de este 2014 en mi cabeza. Son esas imágenes las que también me levantan cada mañana y hacen que el esfuerzo tenga mucho sentido y sea placentero. Los frutos se verán en el tiempo perfecto, y será muy gratificante saborearlos.

¡Feliz 2014 para todos!

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